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miércoles, 27 de marzo de 2013

Una copiosa lluvia acompañada por granizo afectó algunos barrios de la Capital Federal y el conurbano bonaerense, sin que hayan reportado inundaciones de consideración.



La tormenta cubrió Villa Urquiza, Belgrano, Ituzaingó, Morón, El Palomar y Paso del Rey.
El Servicio Meteorológico Nacional emitió un alerta a corto plazo por abundante caída de agua con posibilidades de granizo y fuertes ráfagas de viento.
En la mayoría de los reportes, el granizo que cayó en las diferentes zonas, en general, no fue de un tamaño considerable.

miércoles, 4 de enero de 2012

Capitulaciones firmadas el 25 de noviembre de 1491.


CABILDO - Por la Nación contra el caos 



LA GUERRA HA TERMINADO
  
  
Al fondo, los picos blancos de Sierra Nevada brillan al sol tibio del invierno. La vega extiende su verdor hasta las mismas murallas de la ciudad; en el campamento puede escucharse el rumor dulce de las aguas del Genil. Granada, por fin vencida, aparece frente a los ojos de los soldados. Los soldados, en impecable formación, lucen sus galas mejores: los penachos multicolores; las bruñidas armaduras, relucientes, aunque algunas guarden, en sus abolladuras, el recuerdo de las feroces batallas; limpios los jubones; los sombreros y los cascos, rectamente colocados. La caballería se alinea y es de ver el colorido de las gualdrapas y la variedad de los arneses; sus jinetes apoyan en el suelo las lanzas y las picas; que semejan un bosque poblado por metálicos pinos.
   
La reina Isabel, el rey Fernando, el príncipe Juan, el cardenal Mendoza, fray Hernando de Talavera, los más preclaros capitanes del ejército, visten también galas. Dada la grandiosidad del día, se ha dispensado el luto que guardaban por la muerte del muy breve esposo de la infanta Isabel, el príncipe don Alfonso de Portugal, e incluso algunos van ataviados a la morisca, con marlucas y allobas de brocado y seda. Todos miran con expectación hacia las torres de la Alhambra, que desde lo alto se muestran, impresionantes y majestuosas, en su árabe y sensual arquitectura. De pronto, un clamor unánime se alza entre los millares de soldados y disparan al unísono lombardas y morteros y suena el redoblar de los atambores y los reyes y su ilustre cortejo caen de hinojos: en lo más alto de la más alta torre del palacio moro, la de la Vela, se alza por tres veces la cruz de Jesucristo. E inmediatamente, también por tres veces, el pendón de Santiago y el estandarte real. Un heraldo de armas, puesto en pie sobre la torre, grita:
   
— ¡Santiago, Santiago, Santiago! ¡Castilla, Castilla, Castilla! ¡Granada, Granada, Granada, por los muy altos y poderosos reyes de España, don Fernando y doña Isabel…!   
No pudo evitar la reina que el llanto la dominase; don Fernando, también vivamente emocionado, la atrajo hacia sí y dedicóle una dulce sonrisa. Entonces, todos aún de rodillas, cantaron el Te Deum Laudamus. Al terminar, se reprodujeron los vítores y las demostraciones de júbilo entre los nobles, capitanes y soldados, los disparos de la artillería y el sonar de las trompetas. En duro contraste con tanta alegría, junto a una de las tiendas de campaña, un grupo de hombres de oscura tez y ricos trajes había seguido el acto con gesto de infinita tristeza; y sus lágrimas, que muchas derramaron, no fueron de gozo, sino de dolor. Eran Boabdil el Chico y su séquito, que poco antes habían rendido a los Reyes Católicos la ciudad.
   
Se cumplían así las capitulaciones firmadas el 25 de noviembre de 1491 entre el monarca moro y los Reyes Católicos, en virtud de las cuales, Granada sería rendida en un plazo de sesenta días, después acortado hasta el 5 de enero. El día primero de año, Boabdil envió al campamento cristiano de Santa Fe los rehenes granadinos que se había obligado a entregar; sus negociadores interesaron que aquella misma noche se adelantase un destacamento para ocupar ya la Alhambra y los puestos clave de la ciudad. Así se hizo en seguida, mandando la fuerza el comendador Gutierre de Cárdenas.
   
Boabdil recibió a la expedición en la torre de Comares y entregó al comendador las llaves de la Alhambra; la abandonó a renglón seguido y don Gutierre, tras recorrer el recinto y dejar guardias en sus lugares estratégicos, asistió a una misa celebrada en uno de los aposentos. Después envió aviso a los reyes de que todo se desarrollaba con normalidad. Al salir el sol se dispararon en la Alhambra tres cañonazos, señal acordada para que el ejército que acampaba en Santa Fe se pusiera en marcha hacia Granada, adonde llegó antes del mediodía; quedando en formación de parada y con la gala y brillantez que hemos descrito.
   
El rey don Fernando estaba con su séquito en el arenal del Genil, donde hoy se levanta la ermita de San Sebastián el Viejo; algo retirados, sobre un suave cerro, la reina, con el príncipe y la infanta y el cardenal Mendoza y las damas de su corte. Boabdil, tras vadear el río —sin consentir en esta ocasión, tan triste para él, que los caballeros le cubrieran los pies con los suyos, según costumbre mora— llegó hasta don Fernando e hizo ademán de besarle la mano, lo que aquél no consintió. Detalle sobre el que no coinciden los cronistas presentes, pues algunos así lo describen, mientras otros dicen que el moro, sacando un pie del estribo, quitóse con una mano el sombrero y puso la otra sobre el arzón del caballo del monarca cristiano. Versión que parece más fiable, pues en las conversaciones previas a la rendición, mucho insistió Boabdil en no humillarse al besamanos del rey católico y éste y su esposa y el mismo cardenal decidieron no dar importancia a lo que era simple ceremonia.
   
Cruzaron breves palabras los dos soberanos, por mediación de intérprete, y el moro, tras besar las llaves de Granada, se las entregó a don Fernando, quien las pasó en seguida a doña Isabel —que se había aproximado al grupo, con su séquito—, la cual las dio al príncipe Juan y éste al conde de Tendilla, que había sido nombrado alcaide de la Alhambra. Entró el conde en el palacio y fue hacia la torre de la Vela, para llevar a efecto el izado de banderas y la proclamación de la toma de la ciudad. Eran las tres de la tarde del día 2 de enero de 1492; desde entonces, las campanas de las iglesias granadinas hacen sonar tres toques a esa exacta hora.
   
Había terminado la Reconquista. El rey firmó un a modo de último parte de guerra, remitido a las autoridades de Sevilla, en el que les comunicaba haber dado bienaventurado fin a la guerra que he tenido con el rey moro de la ciudad de Granada, la cual, tenida y ocupada por ellos por más de setecientos ochenta años, hoy, dos días de enero de este año de noventa y dos, es venida a nuestro poder y señorío… La unidad de España estaba conseguida: hazaña indudable, logro fundamental para su subsiguiente prosperidad y esplendor, que ciertos necios pretenden discutir en nuestros tiempos.
  
Fernando Vizcaíno Casas
(tomado de su libro “Isabel, camisa vieja”)
   

domingo, 20 de noviembre de 2011

Hace 36 años, el 20 de noviembre de 1975, los Franco perdieron todo el poder.

ESTADO ESPAÑOL

Una, grande y rica

Franco ató con más eficacia el futuro de la familia que el del país. la fortuna que su familia conserva hoy prueba que la democracia la ha tratado infinitamente mejor que el dictador a la democracia. Mañana se cumple el aniversario de su muerte por primera vez sin actos de exaltación hacia su figura

Por TEREIXA CONSTENLA 

19/11/2011

Hace 36 años, el 20 de noviembre de 1975, los Franco perdieron todo el poder, pero retuvieron algo más importante: el dinero. Como icono, los Franco se desmoronaron con el franquismo. De la cúspide, de ser el perejil de cada cóctel y la escopeta de cada cacería, cayeron por unos años en el foso de los apestados sociales, aquellos a quienes conviene rehuir porque contaminan. Malas compañías. Lo peor en un país proclive a favorecer arribistas sociales. Golpeados por la súbita pérdida de privilegios, unos se dieron al victimismo, otros se replegaron discretamente y alguno hubo que jugó a la provocación, incapaz de admitir que la democracia les estaba tratando infinitamente mejor que el dictador a la democracia.
Su viuda, Carmen Polo, cobró hasta su muerte una pensión superior al sueldo de los presidentes Adolfo Suárez y Felipe González. Su única hija y su marido disfrutaron de pasaporte diplomático hasta que caducó en 1986. El Rey les obsequió con un nuevo título nobiliario: el ducado de Franco. Hacienda no investigó sus cuentas. No fueron empujados al exilio, ni su fortuna fue confiscada, como le ocurrió a la familia del dominicano Leónidas Trujillo tras su asesinato en 1961. Ni siquiera aquellos bienes que Franco había recibido como jefe del Estado y que, en puridad, deberían engrosar el patrimonio nacional fueron reclamados por los nuevos gobernantes. A diferencia de los descendientes de Pinochet -procesados por malversación en 2007-, nadie les molestó. Tampoco cuando jugaron con la extrema derecha y encabezaban nostálgicos actos el 20-N. Los Franco se salvaron por uno de los sumideros conciliadores de la Transición.
Mañana se cumplirá el aniversario de la muerte de Franco sin actos de exaltación por vez primera en 36 años. Se han prohibido para que no interfieran en la jornada electoral. Habrá, sin embargo, la tradicional misa en el Valle de los Caídos en memoria del dictador, a la que, previsiblemente, asistirá su hija, Carmen Franco Polo, actual cabeza del emporio inmobiliario tejido por la que fuera primera familia española durante décadas. Precisar su patrimonio es complejo. En el guion de los ricos va escrito en letras mayúsculas la opacidad. Carmen Franco está al frente de sociedades domiciliadas en su propia casa de la calle de los Hermanos Bécquer (Madrid), que gestionan alquileres de pisos, explotan aparcamientos (Atocha 70, por ejemplo) y realizan actividades inmobiliarias y financieras, como Fiolasa, Montecopel, Sargo Consulting o Centro de Agentes Unidos del Calzado Español. Algunas nacieron en democracia, otras se arrastran de los opacos tiempos del régimen.

En los 36 años transcurridos desde la muerte del dictador, los Franco no han destacado como emprendedores o linces de los negocios. Hasta que la epidemia del ladrillo les engordó las cuentas gracias a la recalificación en 2003 de la finca Valdefuentes, cerca de Madrid, habían tenido que ir aligerándose de patrimonio para mantener su tren de vida. Lo describió gráficamente el marqués de Villaverde en 1989: "Llega un momento determinado en que una vaca se queda sin leche y hay que comerse la vaca". Noqueados seguramente con su nuevo papel en la vida, en las primeras décadas hubo sonadas pifias: a Francisco Franco lo detuvieron por furtivismo y le investigaron en Chile por estafa, Cristóbal picoteó en diversos entornos sin sentirse cómodo en ninguno (a los anales pasará su famosa frase, proferida cuando pertenecía al Ejército: "El uniforme me pone cara de gilipollas", dicho lo cual el teniente tardó dos telediarios en colgar los avíos) hasta que se casó con la modelo y presentadora Jose Toledo; y la madre del clan fue sorprendida en Barajas sacando monedas de oro e insignias para Suiza que juró en rueda de prensa que irían destinadas a un reloj. Un tribunal la exoneró de pagar la multa por contrabando de 6,8 millones de pesetas.

La vida privada de la mayor, Carmen Martínez-Bordiú, alimentó grandes morbos, teniendo en cuenta que mientras que el país optaba por la vía reformista de la Transición, ella se inclinaba por el rupturismo sin contemplaciones. Abandonó a su primer marido, Alfonso de Borbón, y a sus dos hijos para irse a vivir en París con el anticuario Jean-Marie Rossi, con quien tuvo una hija, Cynthia. Hoy, casada con el cántabro José Campos, sigue siendo la que tiene el perfil más público del clan por sus amoríos y sus exclusivas. Tal vez sea la menos esclava del pasado, ya que ha ido poniéndose la vida por montera a la vista de todos. Es el polo opuesto al grupo de hermanos que eligió la discreción como seña de identidad: Mariola, arquitecta sin ejercicio, casada con Rafael Ardid, nieto de un republicano represaliado; Mery (sin doble erre), que huyó de lo público como un hurón después de la terrible experiencia de estar casada con Jimmy Giménez-Arnau, y Arancha, casada con el abogado coruñés Claudio Quiroga. De forma sorprendente, en los últimos años ha irrumpido con brío en el mundo de la carnaza del entretenimiento Jaime, el benjamín, abogado, exmarido de la modelo Nuria March, denunciado por malos tratos por su novia Ruth Martínez, vendedor de exclusivas en programas basura, adicto a la cocaína y contumaz protagonista de trifulcas violentas.

Para Mariano Sánchez Soler, el periodista que mejor conoce el devenir de los negocios de la familia (publicó un libro, Los Franco S. A., en la editorial Oberon, que es obligada biblia para cualquiera que esté interesado en el tema), las propiedades de los Franco superaban con creces los mil millones de pesetas en 1975. En las siguientes décadas se comieron "algunos trocitos de vaca" y vendieron varios inmuebles, incluido el palacio del Canto del Pico o el chalé que Carmen Martínez-Bordiú transmitió a los embajadores de Venezuela por 150 millones de pesetas. Otra estimación de su fortuna fue ofrecida por Joan Herrera (IU-Iniciativa per Catalunya Verds) en el Congreso de los Diputados el 25 de septiembre de 2007: "Con un sueldo de humilde general, la familia atesoró más de 60.000 millones de las antiguas pesetas". Herrera había presentado una iniciativa para reclamar un inventario de las propiedades en manos de los Franco que eran patrimonio del Estado y que se estudiasen las vías jurídicas para recuperarlas. "Mucha gente que no entiende cómo la familia Franco puede tener tanta fortuna y el Estado quedarse de brazos cruzados, no entenderá que no aprobemos algo de sentido común: que auditemos lo que tienen, que intentemos recuperar lo que era del Estado y que ayudemos a la Xunta a conseguir entrar en el pazo de Meirás". No prosperó.

La petición de Herrera se había tramitado al calor de lo que estaba ocurriendo con el pazo de la escritora Emilia Pardo Bazán en Sada (A Coruña), comprado mediante colecta forzosa y regalado a Franco en 1937. Un Gobierno bipartito gallego (PSOE-BNG) lo declaró en 2008 bien de interés cultural y obligó a abrirlo al público. Aunque la familia se resistió todo lo que pudo, los tribunales finalmente ordenaron a Carmen Franco que permitiese las visitas cuatro días al mes. Hay lista de espera para pasear por estancias atiborradas de piezas de caza, donde la esencia de Franco se ha comido la de Pardo Bazán. El refuerzo de la seguridad privada en esos días recae sobre el bolsillo de la Xunta, que además permitió cerrar el pazo el pasado agosto para que la familia veranease en él sin contratiempos. Cuatro días de visita al mes al literario pazo es, pues, el único arañazo de lo público sobre el patrimonio privado de los Franco.

La confusión entre una cosa y otra fue total durante el régimen. Franco exhibía la austeridad propia de un africanista, mientras de su familia podríamos decir que no había hecho la mili. Su mujer compraba pisos en las zonas más selectas de Madrid, como el citado edificio de la calle de los Hermanos Bécquer o apartamentos en el paseo de la Castellana, con el objetivo de regalarle uno a cada nieto. El marqués de Villaverde participaba en decenas de empresas por el mero hecho de ser el yernísimo (entre otras: MKT Plasco, Waimer, Metalúrgica Santa Ana, Sanitas, Climesa, Siderúrgica del Norte...). Los españoles inundaban de regalos al general. De todo tipo. Banales y valiosos. Un día, un rebaño de ovejas; otro, el palacio del Canto del Pico, en Torrelodones.

Paremos en él. Legado por el conde de las Almenas a Franco por haber puesto a España en el camino del que nunca debería haberse apartado, fue declarado museo del Estado en 1955, en buena parte fruto de la rapiña de otros monasterios y castillos (esa es otra historia). En este edificio, donde Antonio Maura murió y el general Miaja dirigió la batalla de Brunete, se almacenaron durante años los presentes entregados a Franco. Hasta que la Transición trajo consigo el saqueo anónimo de su contenido, el desinterés de la familia y finalmente su conversión en liquidez. Carmen Franco lo vendió por 320 millones de pesetas a un empresario hotelero en 1988.

El Canto del Pico es el perfecto ejemplo del ventajismo de la familia, que aprovechó la nula separación de la esfera pública de la privada durante el régimen. El dictador derogó la ley de patrimonio de la Segunda República, que en 1931 se había incautado de bienes privados de la familia real, y dictó en su lugar una vaga norma. Según los expertos, no decía ni blanco ni negro, no establecía fronteras entre lo que debía ir a parar al bolsillo de Franco o al del Estado. Y donde no hablaba la ley, actuó la familia: los regalos al jefe del Estado de cuatro décadas han cimentado parte de la fortuna personal de los Franco. Similar trato recibieron todos los documentos del militar, que sus descendientes se llevaron consigo hasta que se depositaron en la Fundación Francisco Franco, donde durante años vetaron el acceso a los investigadores de fidelidad no acreditada. La digitalización de los fondos, pagada con una subvención del Gobierno en tiempos del PP, permitió que el Estado se hiciese con una copia que puede consultarse en el Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca, aunque sin la certeza de saber si el material ha sido expurgado respecto al original.

En su día, el dictador había temido por los suyos. Desconfió que, tras su muerte, peligrase su fortuna y se curó en salud. Jamás lo sabría, pero ató con más eficacia el destino de su familia que el de su país. Mariano Sánchez Soler asegura que Franco legó en su testamento dos millones de pesetas (12.000 euros) a cada nieto (Carmen, Mariola, Francisco, Mery, Cristóbal, Arancha y Jaime), la cantidad resultante de sus ingresos como militar. El chocolate del loro. Lo jugoso estaba en manos de su hija, Carmen Franco Polo, y sociedades controladas por testaferros como José Luis Sanchiz, tío del yerno del dictador, el marqués de Villaverde, desde antes de 1975. Otras propiedades, como el palacio coruñés de Cornide, figuraban a nombre de su esposa desde que Pedro Barrié de la Maza, pagado con el título de conde de Fenosa, acudió a una subasta amañada para comprar el edificio y regalárselo a Carmen Polo.

Incluso su nieto Francisco Franco Martínez-Bordiú confiesa su sorpresa al descubrir la extraña maniobra legal que ejecutó el dictador para blindar la titularidad de su hija sobre la finca Valdefuentes, una explotación de 850 hectáreas entre Móstoles y Arroyomolinos, comprada en 1952 a Luis de Figueroa, conde de Romanones, mediante un intermediario (el citado Sanchiz). La propiedad, adquirida originalmente para alojar un rebaño de ovejas que alguien donó a Franco, se convirtió, gracias a la última juerga inmobiliaria de la democracia, en el maná del clan, feliz ante la decisión del Ayuntamiento de Arroyomolinos de recalificar 3,3 millones de metros cuadrados rústicos como urbanizables para construir viviendas, un centro comercial y un polígono industrial junto al complejo Xanadú. En vida, el dictador prohibió su desarrollo urbanístico y experimentó con cultivos, uno de sus pasatiempos predilectos por su cercanía a Madrid, incapaz de imaginar que la Transición la mudaría en plató de películas eróticas y de terror por decisión de su nieto favorito, Francisco, y que la explosión inmobiliaria de comienzos del siglo XXI la convertiría en un gigantesco pelotazo. El futuro familiar, a la postre, quedó bien atado.

"MI ABUELO ERA SOCIALISTA Y LEGALISTA"

La única ley feminista de Franco se gestó para saciar su ego masculino: en 1954 se aprobó una norma que permitía cambiar los apellidos -y anteponer el de la madre- para facilitar que su tercer nieto -y primer varón- pudiese heredar su nombre. De justicia es aclarar que la propuesta partió del conde de Argillo, padre del marqués de Villaverde, procurador en las Cortes franquistas y consuegro jabonoso. Nadie entonces barruntaría que con el tiempo sería una losa tan pesada como la cruz del Valle de los Caídos. Francisco Franco Martínez-Bordiú se ha avergonzado a menudo al escuchar que le llamaban por megafonía y ha soportado decenas de chistes telefónicos, coronados con el clásico "y yo soy Colón, claro". A punto de cumplir 67 años, ha decidido que es hora de reivindicar en público al hombre que le dio el nombre y que le contagió la devoción por la caza y la pesca. Y al que no considera un dictador.

En 'La naturaleza de Franco' (La Esfera de los Libros) proporciona el amable semblante de un abuelo en su faceta privada visto por su nieto favorito. Comprensible. El dislate arranca cuando el Franco nieto da pinceladas del Franco público. "Y del mismo modo que no temo afirmar que mi abuelo era un socialista, tampoco creo que esté cegado por la cercanía y el cariño cuando afirmo que también fue uno de los mayores conservacionistas del país". Este protector de hombres, animales y plantas fue también un "legalista" convencido y un defensor de la meritocracia. Prueba de ello, según su nieto, es que "no le importaba que a algunos ministros le gustasen los señores" y que mantuviese algunos cargos públicos en la universidad o la justicia que no simpatizaban con él. Se olvida de citar, sin embargo, a los miles de funcionarios depurados de un tajo por su dudosa fidelidad al régimen y de la persecución legal de homosexuales, internados a veces en centros especiales donde les sometían a salvajes tratamientos para "curarles".

La historia vuelve a saltar por los aires en otros pasajes del libro donde afirma que defendía las lenguas "regionales" -el gran ejemplo es que los marineros del 'Azor' hablaban gallego y euskera- y que fue un gran protector de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. (Cita algunos diplomáticos franquistas que salvaron vidas -los hubo-, pero olvida el campo de concentración de Miranda del Ebro donde se internaron a miles de refugiados que huían de los nazis). En conclusión: "Yo no conocí al autócrata, ni tampoco al héroe de Africa o de la cruzada nacional. Para mí solo era mi abuelo".

REGALOS PÚBLICOS EN MANOS PRIVADAS

Pazo de Meirás. En diciembre de 1939, con pompa eclesiástica, la Diputación de A Coruña entrega el título de propiedad de las Torres de Meirás en "ofrenda-donación al fundador del Nuevo Imperio, jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos y Caudillo de España". La propiedad de 66.792 metros cuadrados, ubicada en Sada (A Coruña), había sido refugio de la escritora Emilia Pardo Bazán. Se compra en plena Guerra Civil gracias a donativos públicos y una colecta forzosa. Se regala a Franco, aunque figura a nombre de su esposa, Carmen Polo.

Palacio del Canto del Pico. Construido en 1920 en Torrelodones (Madrid) sobre una finca de 820.000 metros cuadrados del conde de las Almenas, que decidió legársela a Franco "aun cuando no tengo el gusto de conocerle, por su grandiosa reconquista de España", según consta en el Registro de la Propiedad de San Lorenzo de El Escorial. Carmen Franco lo vendió por 320 millones de pesetas (1,9 millones de euros) en 1988.

Casa de Cornide. Adquirida en subasta en 1962 por Pedro Barrié de la Maza, fun-dador de Fenosa y propietario del Banco Pastor, íntimo de Franco, que la cedió a Carmen Polo. Aún sirve de residencia de verano de la familia en A Coruña.

fuente: El País

miércoles, 2 de febrero de 2011

El monarca jordano destituye al Gobierno tras las protestas populares.

JORDANIA

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El rey Abdallah II de Jordania ha destituido al Gobierno y ha designado un nuevo primer ministro, tras las protestas de las últimas semanas.

01/02/2011

AMMAN-. El primer ministro, Marouf-al-Bakhit, ha sido sustituido por Samir Rifai, según ha informado la Casa Real jordana en un comunicado, en el que precisa que el rey Abdallah II le ha encargado la formación de un nuevo Gobierno que lleve a cabo "reformas políticas reales y rápidas", informa la agencia AFP.

Al Bakhit ya fue primer ministro entre noviembre de 2005 y noviembre de 2007. También ha sido embajador en Israel y jefe de los servicios de seguridad.

La destitución del Gobierno llega tras las movilizaciones que han tenido lugar en las últimas semanas en distintas ciudades jordanas para protestar contra la carestía de la vida y la política económica y para reclamar un cambio de Gobierno y reformas, con Egipto y Túnez como referentes.

El principal grupo opositor, el Frente de Acción Islámica (FAI) ha criticado la designación de Al Bakhit como nuevo primer ministro y ha señalado que durante su mandato organizó "las peores elecciones legislativas en Jordania", por lo que "no es el hombre para dirigir el periodo de transición y para salir de la crisis que atraviesa" el país.

Los islamistas han anunciado que llevarán a cabo una sentada de protesta ante la sede del primer ministro el viernes, después de la oración.

martes, 21 de septiembre de 2010

El dia que los jesuitas pararon a los bandeirantes.

Mbororé, gloria de los misioneros y escarmiento de los bandeirantes
En el año 1530 llegaba a las costas del Brasil, enviado por el monarca portugués, la expedición de Martín Alfonso de Sousa, con la manifiesta intención de conquistar y colonizar los territorios que por efecto del Tratado de Tordesillas le correspondían a Portugal. En 1534 fue fundada San Vicente e inmediatamente después, el rey Juan III dividió administrativamente el territorio ubicado al oriente de la línea de Tordesillas en quince capitanías de carácter hereditario. En el año 1549 se creó un gobierno general que se estableció en San Salvador. Los portugueses introdujeron a los jesuitas en sus territorios con la finalidad de que catequizaran a los indígenas. El 22 de enero de 1554 el P. José Anchieta, enviado desde San Vicente por el P. Manuel Nóbrega, fundó el Colegio San Pablo de Piratininga, originándose de ese modo la ciudad de San Pablo. El sitio, en el que se descubrieron algunas escasas muestras de plata, despertó la imaginación y la codicia de un gran número de aventureros que se instalaron en la zona. A éstos se sumaron desertores y náufragos de los más diversos orígenes étnicos. En ese ambiente, en donde la mujer blanca era escasa, comenzó a darse el mestizaje étnico. La producción azucarera y ganadera predominaba sobre el litoral atlántico brasileño, que a fines del siglo XVI ya estaba totalmente poblado. La mano de obra negra esclava, que llegaba a las costas del Brasil desde el África, era la que sustentaba todo ese sistema productivo.
A comienzos del siglo XVII los holandeses se hacen presentes en tierras del Brasil con la firme decisión de tomar posesión de ellas. Comenzaron por controlar con acciones de piratería la navegación sobre la costa del Atlántico, perturbando seriamente el tráfico de esclavos. Ante la imposibilidad de importar negros desde el África, el indio, como potencial esclavo, cae en la mira de los hacendados o fazendeiros portugueses. Los habitantes de San Pablo, viendo esfumados sus sueños de hallar fabulosas cantidades de plata, comenzaron a avanzar hacia el interior desconocido del Brasil en busca de la plata, el oro y las piedras preciosas que no habían hallado en la región de Piratininga. En sus entradas cautivaron a los primeros indios, que fueron vendidos como esclavos a los hacendados de San Vicente por un muy buen precio. Comenzaron entonces a organizarse las bandeiras, expediciones para cazar esclavos. Estaban organizadas y dirigidas como una empresa comercial por los sectores dirigentes de San Pablo, y sus filas se integraban con mamelucos (hijos de blanco e india), indios tupíes y aventureros extranjeros que llegaban a las costas del Brasil a probar fortuna. En su avance hacia el occidente las bandeiras cruzaron el nunca precisado límite de Tordesillas, penetrando violentamente con sus incursiones en territorios de la corona española. Indirectamente, los bandeirantes paulistas se convirtieron en la vanguardia de la expansión territorial portuguesa hacia los territorios hispánicos. En su constante búsqueda de indígenas, los bandeirantes llegaron a la zona oriental del Guayrá, en momentos en que los Padres de la Compañía de Jesús se hallaban en plena tarea de catequización de los guaraníes. En un primer momento respetaron a los indios reducidos en pueblos por los jesuitas y no los cautivaban. Pero los miles de guaraníes, concentrados en pueblos, mansos y diestros en diversos oficios, eran una tentación en la perspectiva de los bandeirantes, más aún cuando se hallaban indefensos, desarmados y desprotegidos militarmente. Entre los años 1628 y 1631 los bandeirantes Raposo Tavares, Manuel Preto y Antonio Pires, con sus huestes, azotaron periódicamente las reducciones del Guayrá, cautivando miles de guaraníes que luego eran subastados en San Pablo. En la entrada de los años 1628-1629 los paulistas habían cautivado 5.000 indios de las reducciones, pero únicamente 1.500 llegaron a San Pablo, el resto había perecido en el trayecto víctima de la brutalidad de los esclavistas, los que simplemente ejecutaban a quienes no estaban en condiciones físicas de continuar la marcha. En el año 1632 el Guayrá era un territorio desierto con pueblos destruidos y abandonados. Burlados por los 12.000 guaraníes que marcharon hacia el sur en busca de refugio, los bandeirantes continuaron hacia el occidente asolando las reducciones del Itatín en el año 1632. Luego siguió el Tapé, invadido durante los años 1636, 1637 y 1638 por sucesivas bandeiras dirigidas por Raposo Tavares, Andrés Fernández y Fernando Dias Pais.
Armas de fuego para los guaraníes
Traslados forzados de pueblos completos, miles de muertos y desaparecidos, familias destruidas, huérfanos, viudas, tullidos, hambruna, eran algunos de los rastros que dejaban las incursiones bandeirantes. En los sobrevivientes, asentados entre los ríos Paraná y Uruguay, el deseo de tomarse venganza por los atropellos sufridos se acrecentaba. ¿Pero cómo? ¿Podían acaso hacer frente los guaraníes con sus arcos y flechas a las armas de fuego de los bandeirantes? El Guayrá se había perdido, el Itatín y el Tapé también. ¿Se perderían del mismo modo los pueblos del Paraná y los occidentales del Uruguay? Para los Padres jesuitas y los principales caciques de los pueblos la única opción era presentar batalla a los bandeirantes. Para ello, previamente habría que poner armas de fuego en manos de los guaraníes, algo que parecía muy temeroso y de mucho riesgo para las autoridades coloniales hispánicas. En el año 1638 los Padres Antonio Ruiz de Montoya y Francisco Díaz Taño viajaron a España con el objetivo de dar cuenta al rey Felipe IV de los dramáticos sucesos que se vivían en las misiones. Dice al respecto el P. Ruiz de Montoya: “Lo primero que le dije (a su Majestad) fue cómo los Portugueses y Holandeses le querían quitar la mejor pieza de su Real corona, que era el Perú, sobre que desde esas regiones había dado voces en estas partes, y por ser tanta la distancia, no había sido oído, que tres cartas mías había en el Consejo que había avisado, pero no se trataba de remedios hasta que el deseo de haberle, me había obligado a caminar tantas leguas; y con un báculo en la mano, muriéndome, como Su Majestad veía, había venido a sus reales pies a pedir remedio de males tan graves como prometía la perfidia de los rebeldes, que ya por San Pablo acometían al cerro de Potosí; cuya cercanía, agravios, muertes de indios, quemas de iglesias, heridas de sacerdotes, esclavitud de hombres libres, daban voces. Y por que a las mías diese crédito, había hecho dos memoriales impresos, que si Su Majestad se servía por ellos los ojos, se lastimaría su Real corazón, y movería el amor de sus vasallos al remedio”. El P. Ruiz de Montoya realizó un total de doce peticiones al rey Felipe IV. Se referían a la necesidad de proteger a los indígenas y tomar las medidas que hicieran falta para penalizar a aquellos que los esclavizaban. Recordemos que en aquel momento las coronas de Portugal y España estaban unificadas en la figura del rey español. Las recomendaciones del P. Montoya fueron aceptadas por el Rey y el Consejo de Indias, expidiéndose varias Cédulas Reales, despachándoselas a América para su cumplimiento. Sin embargo no hubo una resolución respecto a la petición de suministrar a los guaraníes armas de fuego para su defensa. El P. Montoya prosiguió las gestiones sin desalentarse, hasta que el 21 de mayo de l640 se emitió la Real Cédula por la que se permitía que los guaraníes tomaran armas de fuego para su defensa, pero siempre que así lo dispusiera previamente el Virrey del Perú. Por este motivo el P. Montoya partió de España hacia Lima, con la finalidad de continuar allí las gestiones referidas a la provisión de armas. Quizá nadie como el P. Montoya haya percibido con tanta claridad las implicancias trágicas que tendría una entrada bandeirante hacia el occidente del río Uruguay. La pérdida de las misiones paranaenses y uruguayenses dejaría expuestas a los portugueses las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes, Asunción, y con ello, los territorios coloniales hasta el Perú. De hecho, las misiones del Orinoco, Moxos, Chiquitos y Guaraníes formaban en la geografía sudamericana un gigantesco arco que actuaba como barrera ante el avance territorial portugués hacia el occidente.
La prueba de Apóstoles de Caazapaguazú
A finales de diciembre de 1638 el Padre Diego de Alfaro cruzó a la banda oriental del río Uruguay con un buen número de indios armados y adiestrados militarmente, con la intención de recuperar indígenas y eventualmente enfrentar a los bandeirantes que merodeaban por la región. Los Padres jesuitas no esperaron el resultado de las gestiones del P. Montoya en España para obtener las armas de fuego. Ante el peligro inminente de que los bandeirantes cruzaran el río Uruguay, el Padre Provincial Diego de Boroa, con la anuencia del Gobernador y de la Real Audiencia de Chiquisaca, decidió que las tropas misioneras utilizaran armas de fuego y recibieran instrucción militar. Además, desde Buenos Aires se enviaron once españoles para organizar militarmente a los guaraníes y dirigirlos en las acciones bélicas. Estos españoles se incorporaron cuando los guaraníes ya estaban en plena campaña en la banda oriental del río Uruguay. Luego de algunos encuentros de resultado indeciso con los bandeirantes, a las tropas del P. Alfaro se le sumaron mil quinientos guaraníes que venían dirigidos por el P. Romero. Se formó entonces un ejército de 4.000 misioneros, a los que se añadieron los once militares enviados desde Buenos Aires. Las fuerzas guaraníes llegaron a los campos de la arrasada reducción de Apóstoles de Caazapaguazú dispuestas a dar batalla a los bandeirantes paulistas que se hallaban fortificados tras una empalizada, sitio en el que se habían refugiado luego de varias derrotas parciales. Los bandeirantes, viéndose perdidos, se rindieron y pidieron la paz, pero sólo para ganar tiempo y huir precipitadamente. La conclusión que obtuvieron los Padres de la Compañía de Jesús resultó inédita y asombrosa: los guaraníes podían organizarse militarmente y constituir excelentes milicias, y las bandeiras eran vulnerables, podían ser enfrentadas y vencidas en un campo de batalla.Los paulistas preparan su venganzaLos bandeirantes, humillados en su soberbia en los campos de Caazapaguazú, regresaron a San Pablo maquinando una cruel venganza sobre los guaraníes y jesuitas. Para peor humillación, a mediados del año 1640 llegó a San Pablo el Padre Francisco Díaz Taño procedente de Madrid y Roma. Traía en su poder Cédulas Reales y Bulas pontificias que condenaban severamente a las bandeiras y al tráfico de indios. La ira se desató en la Cámara Municipal de San Pablo, la que de común acuerdo con los principales financistas de las bandeiras, expulsó a los jesuitas que se hallaban en la ciudad. Se organizó entonces una temerosa bandeira. Dirigidos por el experimentado Manuel Pires, se prepararon 450 hombres armados con arcabuces y 2.700 indios tupíes amigos, cargados de arcos y flechas, más 700 canoas y balsas para el transporte. El objetivo era caer violentamente sobre las reducciones occidentales del Uruguay y del Paraná y capturar el mayor número posible de indios, con la finalidad de volver a convertir a las bandeiras en una empresa redituable.
Los misioneros se preparan para dar batalla
Dice el Padre Nicolás del Techo: “… el Uruguay andaba perturbado. Anuncióse que los mamelucos se movían, y preparaban la guerra contra los neófitos del Paraná y Uruguay. Tocóse alarma en las reducciones, y se acordó que juntos los de ambos ríos procurasen rechazar a los invasores y acabar la contienda con sólo una batalla”. Se constituyó un ejército de 4.200 guaraníes, armados con arcos y flechas, hondas y piedras, macanas y garrotes, alfanjes y rodelas, y 300 arcabuces, además de un centenar de balsas armadas con mosquetes y cubiertas para evitar la flechería y la pedrada de los tupíes. La instrucción militar de los guaraníes estuvo a cargo de ex militares que integraban la Compañía de Jesús, tal el caso de los Hermanos Juan Cárdenas, Antonio Bernal y Domingo Torres, mientras que la comandancia general de las fuerzas, por disposición del Padre Provincial Diego de Boroa, quedó a cargo del Padre Pedro Romero, sacerdote que había tenido una meritoria actuación en la batalla de Caazapaguazú. En la organización y dirección de las acciones estaban los Padres Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo Suárez, mientras que el Padre Superior, Claudio Ruyer, recuperándose de una dolencia, seguía los preparativos desde el pueblo de San Nicolás, ubicado en cercanías de San Javier. Los guaraníes fueron organizados en compañías dirigidas por capitanes. El capitán general fue un renombrado cacique del pueblo de Concepción, Don Nicolás Ñeenguirú. Le seguían en el mando los capitanes Don Ignacio Abiarú, cacique de la reducción de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá, Don Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás, y el cacique Arazay, del pueblo de San Javier. La reducción de la Asunción del Acaraguá, ubicada sobre la orilla derecha del río Uruguay, en una loma cercana a la desembocadura del arroyo Acaraguá, es trasladada y reubicada por precaución río abajo, cerca de la desembocadura del arroyo Mbororé en el río Uruguay. De ese modo la reducción quedó convertida en centro de operaciones y en el cuartel general del ejército guaraní misionero. Simultáneamente se establecieron varios puestos de guardia con espías en diversos sitios sobre la orilla derecha del río Uruguay, hasta los saltos del Moconá. La principal guardia quedó establecida en el sitio de la abandonada reducción del Acaraguá, a cargo del P. Mola con un grupo de indios armados.
El avance de la bandeira
Las fuerzas bandeirantes comandadas por Manuel Pires y Jerónimo Pedrozo de Barros partieron de San Pablo en el mes de septiembre del año 1640. La bandeira cruzó el curso del río Iguazú y estableció un campamento en las nacientes del río Apeteribí, un afluente del río Uruguay. En el sitio se construyeron empalizadas, pensando en los numerosos indios cautivos que habrían de mantener prisioneros al regreso. Siguió su marcha la bandeira bordeando el curso del río Apeteribí, hasta llegar a su desembocadura en el río Uruguay. Allí se estableció otro campamento y se alzaron más empalizadas, mientras que los tupíes se abocaron a la tarea de construir canoas, balsas, arcos y flechas. A partir de este sitio, el río Uruguay sería la ruta que llevaría a los bandeirantes directamente a los pueblos misioneros. Al tiempo que el grueso de la bandeira se alistaba, un grupo explorador dejó el campamento de la desembocadura del Apeteribí y se trasladó por el río Uruguay hacia el Acaraguá, con la finalidad de realizar un reconocimiento. Halló la reducción totalmente abandonada y decidió fortificar el lugar con empalizadas para acondicionarlo como cuartel y base de operaciones de las fuerzas bandeirantes. Ignoraba que hasta algunos días antes de su arribo, en ese sitio se hallaba el P. Cristóbal Altamirano con 2.000 acantonados, quienes –informados de la proximidad de la fuerza de observación bandeirante– abandonaron el Acaraguá para reunirse con el grueso de la tropa en Mbororé.
El esperado encuentro de Mbororé
Una creciente del río Uruguay ocurrida en el mes de enero de 164l trajo por arrastre un gran número de canoas “… acabadas de escoplear para balsas y mucha flechería”, según el relato del P. Superior Claudio Ruyer. Ante la sospecha que la bandeira estaba aproximándose, el Padre Ruyer envió una fuerza de 2.000 guaraníes al Acaraguá. Como allí no hallaron a ninguna fuerza portuguesa procedieron a destruir todo aquello que pudiera servirles de abastecimiento en caso de que llegaran. Al mismo tiempo, el P. Ruyer envió a los Padres Cristóbal Altamirano, Domingo de Salazar, Antonio de Alarcón y al Hermano Pedro de Sardoni, junto con un buen número de guaraníes, en una misión exploradora. Dice el relato del P. Superior al respecto: “… fueron los Padres y por el camino luego encontraron algunos cuerpos muertos y algunos daban muestras de haber muerto pocos días antes según estaban de frescos, gran cantidad de flechas, canoas que se cruzaban rodando y sobre todo encontraron más de diez o doce balsas hechas de unas cañas de la tierra que los indios llaman taquaras muy bien hechas y acabadas. Con esto los Padres discurrieron la cercanía del enemigo …”. En el trayecto llegaron hasta la misión exploradora algunos indios que habían huido de los bandeirantes. Estos informaron a los Padres acerca de aspectos tan importantes como el número, posición e intenciones del enemigo. Con información más certera sobre la situación, se dispuso el repliegue de los 2.000 guaraníes del Acaraguá hacia la base de Mbororé. Como ya hemos mencionado, al retirarse las tropas guaraníes del Acaraguá, una partida portuguesa llegó hasta el lugar, construyó empalizadas y luego se retiraron para reunirse con el grueso de la bandeira. Entonces una pequeña partida misionera se estableció nuevamente en el Acaraguá en misión de observación y centinela. El día 25 de febrero llegaron hasta el puesto de observación dos indios fugitivos de los portugueses. Llevados ante el P. Cristóbal Altamirano, le informaron con certeza del avance de la bandeira paulista. El P. Altamirano dispuso que partieran ocho canoas desde el Acaraguá, río arriba, en reconocimiento. A pocas horas de navegar, cuando amanecía y el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte, las ocho canoas de la avanzada misionera se encuentran frente a frente con la bandeira que silenciosamente venía bajando con la corriente del río con sus trescientas canoas y balsas pertrechadas. Inmediatamente seis canoas con ágiles remeros tupíes salieron en persecución de los misioneros, quienes comenzaron a replegarse velozmente hacia el Acaraguá. Al aproximarse al puesto de avanzada, los guaraníes recibieron refuerzos y las canoas bandeirantes debieron replegarse al ser atacadas con una descarga de arcabuces. El grueso de la tropa bandeirante, que no estaba lejos, según lo relata el P. Ruyer: “… por temor de alguna celada disparó toda su arcabucería; enarboló sus banderas; tocó sus cajas y entró por una tabla que hay de río por allí en forma de guerra”. Repentinamente, un gran aguacero se desplomó sobre el río y la selva, obligando a ambos grupos a buscar resguardo. Mientras algunos guaraníes permanecían en el cuartel del Acaraguá, el P. Altamirano, con otros indios, descendió hasta el cuartel de Mbororé para alertar sobre la presencia inmediata del enemigo. Durante la noche, momento en que el temporal se detuvo, los bandeirantes prepararon el asalto al puesto del Acaraguá. Al amanecer, cuando pretendieron ejecutarlo, fueron sorprendidos por los guaraníes bajo la dirección de Ignacio Abiarú. Doscientos cincuenta misioneros distribuidos en treinta canoas, enfrentaron en aguas del río Uruguay a más de cien canoas tripuladas por bandeirantes, frente al puesto del Acaraguá. Cuando la batalla naval llevaba ya más de dos horas, “… llegó el P. Altamirano –narra el P. Ruyer– animando de nuevo a los indios que alentándose de nuevo dieron sobre el enemigo y le hicieron huir infamemente más de ocho cuadras, y saltaron a tierra no queriendo pelear más, aunque le desafiaron e incitaron muchísimo los nuestros.” El P. Cristóbal Altamirano comprendió que atacar a la reducida avanzada de los portugueses en el Acaraguá no sería de gran provecho, ni aun cuando se obtuviera una victoria. Los misioneros buscaban una batalla total, en un sitio elegido inteligentemente. Ese sitio era Mbororé, una zona muy favorable para los misioneros, por estar establecido allí el cuartel y porque desde el lugar era posible una rápida comunicación con los pueblos, en caso de necesidad de suministros o de una eventual retirada. La elección del sitio de la espera no fue casual, “la vuelta de Mbororé” es un recodo del río Uruguay, cuyas orillas estaban cubiertas con una espesa selva en galería. Estar allí era flotar entre dos murallas vegetales, lo cual obligaría a los bandeirantes a una batalla frontal. Ante la retirada de las tropas misioneras hacia Mbororé, los bandeirantes se establecieron el 9 de marzo en el puesto del Acaraguá con la finalidad de abastecerse de comida y organizarse para el ataque a los pueblos. La situación se les tornó crítica, pues los guaraníes antes de retirarse habían destruido todo lo que les hubiese servido, incluyendo los cultivos que existían en las chacras de los alrededores. En el Mbororé durante los días 9 y 10 de marzo los Padres y los capitanes guaraníes se dedicaron a preparar a la fuerza de cuatro mil doscientos indios para la batalla final. Mientras que los Padres se dedicaron día y noche a confesar a todos los soldados, los Hermanos y capitanes caciques planificaban el ataque. El 11 de marzo los bandeirantes decidieron abandonar el Acaraguá y bajar hacia Mbororé. Probablemente intuían el peligro que les acechaba y se encontraban presa del miedo en una zona que no conocían bien, tan lejana de San Pablo. En dos oportunidades avanzaron por más de una legua por el río, para volver nuevamente al Acaraguá, por temor a una emboscada. Finalmente las 300 canoas y balsas avanzaron lentamente, dejándose llevar por la corriente del río. Sesenta canoas con cincuenta y siete arcabuces y mosquetes, comandadas por el capitán Ignacio Abiarú, los esperaban en el río, en Mbororé. En tierra, miles de indios se habían apostado con arcabuces, arcos y flechas, hondas, alfanjes, garrotes. A las dos de la tarde, dice el P. Ruyer, “…comenzó a descubrirse por una punta del río la armada enemiga, que venía ostentando su poder y arrogancia…”. Inmediatamente las canoas guaraníes se pusieron en formación de guerra. En medio del río Uruguay chocaron violentamente canoas y balsas, bajo una lluvia de flechas, piedras y tiros de arcabuces y mosquetes. Desde las empalizadas emplazadas en la orilla se disparaba también sobre el enemigo, en un juego de doble ataque, fluvial y terrestre. El resultado de la batalla prontamente fue favoreciendo a los guaraníes. Algunos portugueses arrimaban sus canoas a la costa y huían a la selva, otros arrojaban sus armas al río para que no cayeran en manos de los guaraníes y, tomando los remos, se apresuraban a retroceder. Una partida bandeirante dirigida por el Capitán Pedrozo bajó a tierra con el objetivo de atacar las empalizadas guaraníes, siendo repelido exitosamente. Con las últimas luces del día los bandeirantes retroceden en desorden, por el río y por la costa, hasta llegar en la noche a una chacra que había pertenecido a la reducción del Acaraguá, ubicada sobre la orilla derecha del Uruguay. Allí, en una loma, durante toda la noche se dedicaron a levantar empalizadas. Al amanecer del día siguiente, el 12 de marzo, los guaraníes se presentan ante la improvisada fortificación de los portugueses y los incitan a presentar batalla, pero éstos no salen. Luego de algunas horas de espera el jefe bandeirante, Manuel Pires, envió una carta a los Padres jesuitas. Solicitaba el cese de las hostilidades y pedía el diálogo, asegurando que venían en son de paz, únicamente a buscar noticias sobre algunos portugueses desaparecidos. La carta fue leída por los Padres y rota delante de las tropas guaraníes, determinándose en el acto el asalto a la empalizada bandeirante. Durante los días 12, 13, 14 y 15 de marzo los misioneros bombardearon continuamente la fortificación con cañones, arcabuces y mosquetes, tanto desde posiciones terrestres como fluviales, sin arriesgar un ataque directo. Sabían que los bandeirantes no tenían alimentos ni agua y que estaban totalmente aislados en su empalizada. Además, continuamente durante aquellos días, se producían deserciones de tupíes de las filas bandeirantes, los que se incorporaban a las fuerzas misioneras y suministraban información sobre la situación del enemigo. El día 16, a las once de la mañana, los portugueses mandaron en un pequeño bote con una banderita blanca otra carta pidiendo el cese del fuego y ofreciendo una rendición. Ésta también fue rota por los guaraníes. En un acto de desesperación los bandeirantes se lanzaron en sus canoas y balsas al río bajo una lluvia de municiones, flechas y piedras, dispuestos a remontarlo hasta las empalizadas del Acaraguá. La operación resultó un desastre, pues río arriba, en la desembocadura del Tabay, dos mil guaraníes los esperaban fortificados para impedirles la fuga. Cuando los bandeirantes llegaron al lugar comprendieron que se hallaban acorralados. Entonces mandan una tercera carta, flotando en una pequeña calabaza, la que los indios dejan pasar con la corriente del río sin recogerla. Comenzaron a surgir entonces, entre las huestes bandeirantes, las primeras disensiones respecto a lo que había que hacer. Las deserciones aumentaban, y el miedo y la desesperación ante el hecho inevitable de caer en manos de los guaraníes terminaron por quebrar la relativa cohesión que hasta aquél momento había mantenido la fuerza. Sin posibilidades de organizarse para presentar batalla, optaron por retroceder hasta el Acaraguá, ganar la costa derecha del río e internarse en el monte. Comenzó allí una cruel persecución por la selva. Los portugueses trataban de llegar hasta los saltos del Moconá, para desde allí alcanzar el campamento que habían dejado en la desembocadura del Apeteribí. Los misioneros no les dieron tregua en todo el trayecto. Miles murieron en el monte en manos de los guaraníes, y víctimas del hambre y de las fieras. La victoria había sido absoluta y aplastante. La derrota, para los bandeirantes, terrorífica. Finalizada la batalla, los misioneros rezaron una misa y un solemne Te Deum. La batalla de Mbororé cerraba un ciclo de la historia misionera y abría otro, el de la consolidación territorial de las misiones jesuíticas.