jueves, 20 de junio de 2013

Los esposos Rosemberg.

A SESENTA AÑOS DEL ASESINATO DEL MATRIMONIO ESTADOUNIDENSE


Los Rosemberg o De los Crímenes del Imperio

(AW) Al cumplirse mañana, 19 de junio, 60 años del asesinato en la sillla eléctrica del matrimonio formado Julius Rosemberg y Ethel Greenglass Rosemberg, publicamos este excelente artículo del escritor Luciano Andrés Valencia.-

ROSENB


Buenos Aires, 18 de junio de 2013.-

Los Rosemberg o De los Crímenes del Imperio

A sesenta años del asesinato del matrimonio estadounidense

Por Luciano Andrés Valencia
valencialuciano@gmail.com)

   La tarde del 19 de junio de 1953 un fuerte operativo policial se desplegó sobre la tristemente célebre cárcel de Sing Sing en la ciudad de Nueva York. En su interior, agentes del FBI en conexión telefónica con Washington esperaban ansiosos en el Pabellón de la Muerte a que el matrimonio formado por Julius Rosemberg y Ethel Greenglass Rosemberg confesara sus presuntas actividades de espionaje, lo único que podía salvarlos de la inminente ejecución.
   A pocos kilómetros al sur, en la unión Square, alrededor de 7 mil personas se manifestaban reclamando un indulto para los únicos civiles estadounidenses condenados a muerte bajo cargos de espionaje. Frente a ellos y separados por un cordón policial, grupos ultraderechistas llegados de todo el país y alentados por los discursos chovinistas y anti-comunistas del senador Joseph Mc Carthy levantaban pancartas con la leyenda “Muerte a las ratas comunistas”. Actos similares se llevaron a cabo frente a la Casa Blanca en Washington.
Alrededor de las 20:00 horas Julius Rosemberg fue conducido a la silla eléctrica. Estaba pálido, ojeroso y le temblaron las piernas cuando vio la silla, pero se mantuvo silencioso frente a los verdugos. No había hablado desde aquella mañana cuando exclamó: “Nunca los dejes cambiar la verdad sobre nuestra inocencia”. Luego de las acostumbradas descargas, una corta y dos largas, se lo declaró muerto a las 20:06. A continuación le llegó el turno a su esposa. Pese a ser una mujer pequeña y supuestamente frágil, Ethel soportó tres descargas antes de fallecer, hecho que se responsabilizó al diseño de la silla, pensada para alguien de mayor envergadura y cuyos electrodos no se ajustaban adecuadamente al cuerpo de la mujer.
   Ethel Greenglass había nacido el 28 de septiembre de 1915. Su esposo Julius Rosemberg el 12 de mayo de 1918. Ambos pertenecían a familias pobres de origen judío que pugnaban por subsistir en el barrio neoyorquino de Lowe East Side durante los años de la Crisis Económica Mundial de 1930. Gracias a sus calificaciones Julius pudo ingresar a los 16 años al City College de Nueva York donde se especializó como ingeniero, aunque su padre quería que fuera rabino. Indignado por los horrores del nazismo en Alemania, y las desigualdades sociales y etnoraciales en los Estados Unidos, se afilió al Partido Comunista (PC) y comenzó a participar activamente en la Liga de Jóvenes Comunistas.
   Por su parte, Ethel Greenglass, agobiada por los problemas económicos de su familia, debió abandonar el colegio a los 15 años para trabajar como secretaria en una compañía naviera por siete dólares a la semana. Cuatro años después fue despedida por organizar una huelga de 150 mujeres, lo que generó un reclamo que obtuvo el apoyo del Consejo de Relaciones Laborales.
   Ethel y Julius se conocieron y se enamoraron en una fiesta a beneficio del Sindicato Internacional de Marítimos. Ella lo animó a obtener su título de Ingeniero Eléctrico en 1939, poco antes de contraer matrimonio. En 1940 Julius fue contratado como ingeniero civil en el Servicio de Transmisiones del Ejército. Al año siguiente se lo promovió a Ingeniero Inspector, lo que representaba un aumento salarial pero también la exigencia de viajar entre Nueva York y Nueva Jersey. En 1943, al nacer su primer hijo, ambos se desafiliaron del Partido Comunista –Ethel se había afiliado junto a su hermano David luego de conocer a Julius-, pero dos años después Julius fue despedido de su trabajo por haber negado su militancia comunista.
   La militancia comunista de los Rosemberg sería utilizada años mas tarde por el jurado macarthista como “prueba irrefutable” de sus actividades anti-estadounidenses.
   El origen del juicio a los Rosemberg debe buscarse en las filtraciones de secretos nucleares que se dieron en el Laboratorio de Los Álamos (Nuevo México), y en la Universidad de Berkeley, donde un importante sector de la intelectualidad era partidario de ideas de izquierda. No es de extrañar que esta última fuera uno de los centros de las protestas que se dieron en los años sesenta a favor del Movimiento por la Libertad de Expresión y en oposición a la Guerra de Vietnam.
   El 28 de agosto de 1948 la Unión Soviética probó su primera bomba atómica. Al año siguiente, el FBI descubrió que la KGB (el servicio secreto soviético) tenía un borrador del Proyecto Manhattan, el plan secreto de los Estados Unidos para construir una bomba atómica. Este proyecto había sido escrito por el alemán Klaus Fuchs, que trabajó en Los Álamos y fundó luego un Laboratorio en el Instituto Harvell de Investigación Atómica en Gran Bretaña. Fuchs confesó haberse unido al Partido Comunista alemán en 1933 para resistir al nazismo y que espiaba para la URSS desde que escapó a Gran Bretaña y se empleó en el Programa Británico de Investigación Atómica. También dijo que al ser transferido a Estados Unidos entró en contacto con un mensajero al que llamaba Raymond. En 1945, cuando la guerra estaba por terminar y era evidente que los alemanes no desarrollarían una bomba similar, Fuchs puso en duda los objetivos estadounidenses y los peligros del monopolio de un arma tan poderosa, por lo que dio a Raymond los planos del artefacto que fue probado por primera vez en el Desierto de Nuevo México.
   Con los datos suministrados por Fuchs el FBI detuvo a Raymond, que resultó ser el químico Harry Gold. Este a su vez,  confesó que su jefe era el vicecónsul soviético en Nueva York Anatoli Yakovlev y su contacto el mecánico de Los Álamos David Greenglass –hermano de Ethel-, que había recibido 500 dólares por esquemas del mecanismo de detonación, moldes de lentes y estructuras internas de la bomba.
   Sin embargo, el Premio Nobel Harold Urey expresó su opinión de que “un hombre con la capacidad de Greenglass es totalmente incapaz de transmitir a nadie la física, química y naturaleza de la bomba”, poniendo en duda la veracidad de la confesión.
   David Greenglass fue detenido el 15 de junio de 1950 y acusó a su cuñado de pertenecer a una red de espionaje y de haber recibido 4000 dólares para huir con su familia del país. Julius fue detenido dos días después. Su esposa Ethel fue llevada en custodia el 11 de agosto de manera inesperada, sin darle tiempo siquiera para arreglar a alguien para que cuidara a sus hijos.
   El juicio al matrimonio Rosemberg se inició el 6 de marzo de 1951 y estuvo plagado de irregularidades. En primer lugar, la única evidencia que se tenía contra la pareja eran las confesiones de los supuestos espías, algunos de los cuales declararían años después que acusaron a los demás bajo las amenazas del FBI. En segundo lugar, se los juzgó bajo el Acta de Espionaje de 1917 que dictaba pena de muerte para este tipo de delitos en tiempos de guerra, aunque los Estados Unidos no estaban en guerra declarada con la Unión Soviética. Si bien la Guerra de Corea, que se produjo entre Corea del Norte (comunista) y Corea del Sur (capitalista), actuó como enfrentamiento encubierto entre la URSS y Estados Unidos que apoyaron a uno y otro bando, no hubo declaración oficial de conflicto entre ambas potencias, y su comienzo fue el 25 de julio de 1950, un mes después del arresto de Julius Rosemberg.
   Las causas de su condena hay que buscarlas también en el contexto del macarthismo, en que vivían los Estados Unidos en esa época. Entre 1950 y 1954, Joseph Mc Carthy organizó y dirigió el Comité de Actividades Anti-Estadounidenses del Senado, desde donde lanzó la mayor operación de investigación, acoso y persecución a políticos, sindicalistas, intelectuales y artistas que tenían posiciones políticas de izquierda, liberales y progresistas.
   Sobre este periodo siniestro de la historia estadounidense, escribió Eduardo Galeano: “El senador Joseph McCarthy siembra el miedo en los Estados Unidos. Y por orden del miedo que manda asustando, se asfixia la libertad, se prohíben libros, se prohíben ideas, los ciudadanos denuncian antes de ser denunciados, quién piensa atenta contra la seguridad nacional y quién discrepa es un espía al servicio del enemigo comunista” (“Mapa de la Guerra Fría”, en Espejos, una historia casi universal, 2007).
   En este contexto de paranoia en que se desarrolló el juicio, el Tribunal acusó a los Rosemberg de haber roto el monopolio de Estados Unidos sobre la Bomba Atómica, lo que los hacía responsables de las miles de muertes estadounidenses durante la Guerra de Corea, además de las que pudieran ocurrir en el futuro en caso de un conflicto con la Unión Soviética. Los Rosemberg nunca dejaron de proclamar su inocencia, pero no pudieron con las agudas réplicas del fiscal Irving Saypol.
   El 15 de abril de 1951, el Jurado dictó un veredicto unánime contra los acusados. El juez Irving R. Kaufman, al sentenciarlos a la silla eléctrica, dijo que “su crimen es peor que el asesinato”.
   Los otros acusados recibieron penas menores en beneficio por haberse declarado culpables: Klaus Fuchs recibió una condena de 14 años, David Greenglass fue sentenciado a 15 tras un acuerdo para no culpar a su esposa Ruth, Harry Gold ya había sido sentenciado a 30 años y Morton Sobell (compañero universitario de Julius Rosemberg arrestado en México) obtuvo 30 años.
   La sentencia tardó más de dos años en ejecutarse debido a que se sucedieron 23 apelaciones –incluyendo siete a nivel de la Corte Suprema-, por las que pasaron 112 jueces. En todas las oportunidades se los presionó para que declararan su culpabilidad a fin de evitar la pena de muerte, a lo que ellos se negaron proclamando su inocencia. Mientras tanto permanecieron en el Pabellón de la Muerte, comunicándose muy poco entre ellos, y recibiendo infrecuentemente la visita de sus pequeños hijos Michael y Robby.
  Al mismo tiempo se realizaron numerosas manifestaciones de solidaridad en los Estados Unidos y en el resto del mundo. Un grupo de estadounidenses ilustres entre los que se encontraban el antiguo gobernador de California Culbert Olson, el científico ganador del Premio Nobel Linus Paulin, el sociólogo Lewis Mumford y numerosos juristas, educadores y religiosos, emitieron un comunicado pidiendo clemencia por los condenados. Figuras internacionales como el físico ganador del Premio Nobel Albert Einstein y el Papa Pio XII hicieron llegar sus reclamos al presidente Dwight Eisenhower, quién no se conmovió.
   La ejecución fijada para el 19 de junio a las 23:00 horas debió adelantarse a las 20:00 ya que coincidía con pleno sabbath judío. En su última carta Ethel escribió: “No estoy sola, muero con honor y dignidad sabiendo que mi esposo y yo seremos reivindicados por la historia”.
   Hasta horas de la tarde, mientras se producían manifestaciones a favor y en contra en varias ciudades del país, los agentes del FBI esperaron una confesión que detuviera la ejecución. Al no producirse se les leyó una carta del presidente Eisenhower: “Yo solo puedo decir que las actividades de los Rosemberg, probadas por las distintas instancias judiciales, en caso de guerra nuclear pueden haber ayudado a la condena de millones de personas que inevitablemente morirían en todo el mundo. La ejecución de dos seres humanos es una cuestión importante, pero mas grave es poner en riesgo la vida de muchos millones de inocentes”. Poco después fueron asesinados en la silla eléctrica dejando huérfanos a dos niños de 6 y 9 años. Ocho días después finalizaba la Guerra de Corea, con un saldo de 4 millones de muertos, 44 mil de los cuales correspondían a los Estados Unidos.
   Una multitud de 8 mil personas asistió al funeral del matrimonio Rosemberg, que se realizó en Brooklin, convencidos de su inocencia. En muchas partes del mundo se realizaron manifestaciones de rechazo de todo tipo. El poeta argentino José Pedroni publicó un poema titulado “A Ethel Rosemberg” que luego el cantor popular Jorge Cafrune grabó con su propia voz [En recuadro].
   Sin embargo, el polémico director del FBI Edgard J. Hoover consideró que los Rosemberg habían cometido “el crimen del siglo” y que el juicio fue “uno de los grandes logros” de la agencia federal. Un año después del brutal asesinato, el Congreso aprobó una Ley que permitía castigar con la pena de muerte los casos de espionaje en tiempos de paz. Esta normativa fue llamada cínicamente “Ley Rosemberg”.
   El desprestigio al que fueron sometidos los Rosemberg, aún después de su muerte, llevó a que sus pequeños hijos fueran reconocidos, acusados y expulsados de la escuela. Pasado un tiempo en que nadie quiso hacerse cargo de ellos, fueron adoptados por un matrimonio de intelectuales de izquierda, que les cambió el apellido par protegerlos de posibles represalias.
   En 1960 David Greenglass salió en libertad condicional luego de permanecer diez años en prisión. Seis años después declaró que él había incriminado en falso a su hermana para salvarse de la ejecución y “porque no estaba dispuesto a sacrificar a mi mujer y a mis hijos por mi hermana”. Varios años después Pavel Sudoplatov, jefe de la KGB durante el proceso a los Rosemberg, confirmó que el matrimonio nunca había pertenecido a las redes de espionaje soviético, desmintiendo al Proyecto Venona –publicado en 1995 por el FBI y los servicios secretos estadounidenses-, que sostenían que Julius Rosemberg podría haber trabajado para la URSS pero no su esposa. No obstante, Sudoplatov dijo que el juicio a los Rosemberg fue muy positivo para ellos ya que desvió la investigación del verdadero canal por donde se filtraba la información. Podemos decir –utilizando la expresión de James Petras-, que en la Unión Soviética prevaleció el realismo de Estado por sobre la solidaridad internacional.
   En 1993 la Asociación Americana de Abogados reconstruyó durante un día y medio el proceso a los Rosemberg y concluyó que eran inocentes de los cargos imputados.
   El filósofo existencialista Jean Paúl Sartre definió al proceso como “un linchamiento legal que mancha con sangre a todo el país”. Lamentablemente se suma a una larga lista de crímenes cometidos por el Imperio y su Justicia de clase contra aquellas personas que no comulgan con sus ideas políticas y económicas, más aún si pertenecen a minorías sociales, étnicas o sexuales. Los Rosemberg, matrimonio de trabajadores judíos y comunistas, sufrieron el mismo destino que los Mártires de Chicago en 1887 y los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti en 1927.

   Mientras dos inocentes eran asesinados, los Estados Unidos abrían sus puertas a criminales de guerra nazis, y su gobierno apoyaba a feroces dictaduras como la de Francisco Franco en España y Carlos Castillo Armas en Guatemala.

   Ethel Greenglass Rosemberg era poeta, y aspirante a actriz y cantante. En 1953 dejó escrito un poema titulado “Si Morimos” en donde se despedía de sus pequeños hijos:

Ustedes sabrán, mis hijos, sabrán
porqué dejamos las canciones sin hacer,
los libros sin leer, el trabajo sin hacer
para descansar bajo la grama.
No mas lamentos mis hijos, no mas
porque las mentiras y las calumnias fueron montadas.
Las lágrimas que derramamos y el dolor que nos penetra
para todos deberá ser proclamado.
La tierra sonreirá, mis hijos, sonreirá
y el verde sobre nuestro lugar de reposo crecerá
el crimen finalizará, el mundo se regocijará en hermandad y paz.
Trabajen y construyan, mis hijos, construyan un monumento al amor y a la alegría
al valor humano, a la fe que guardamos por ustedes, mis hijos,
por ustedes.  


A Ethel Rosenberg
Letra: José Pedroni
Música: Jorge Cafrune

“. . .pero como a las tres primeras descargas los médicos no 
hubieran comprobado el deceso, se le aplicaron dos más. . .” 
EEUU - Cárcel de Sing Sing, 19/6/1953
Yo no sé si eras o no culpable,
oh, muerta mía inesperada.
Sé que eras madre de Michael y de Robby
y que como yo cantabas.
 Yo tuve como Robby seis años inocentes,
y como Michael diez de risa despeinada.
Y tuve una madre triste. Nunca pensé
que nadie me la matara.
 Nunca pensé que a una monstruosa silla
pudiera estar atada,
y que le dieran muerte cinco veces
hasta que de mí se olvidara.
 Todo el mundo te sentía inocente,
porque cantabas.
Todo el mundo te había perdonado.
Eras la dulce perdonada.
Tú no habías destruido una ciudad entera,
con hombre, árbol y casa.
Habías revelado, dicen, el secreto
de un arma.
Mi madre siempre me alejó de ellas.
Tenía miedo de tocarlas.
Todo el pueblo te había perdonado,
porque cantabas;
te había abierto las puertas del regreso;
te había dicho: -Anda.
Eras madre de Michael y de Robby.
Afuera estaban con paloma y rama.
Creen que te mataron y no es cierto.
Ya estabas libertada.
Has salido de viaje por el mundo.
Hoy entraste a mi casa.
Te sentaste a mi mesa sin hablar.
Eres eterna y blanca.
1953
Luciano Andrés Valencia es escritor. Publica artículos en medios alternativos y páginas de Internet. Contacto:valencialuciano@gmail.com

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